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Podrian enjuiciar a Shell
Por Mario Osava
Rio De Janeiro, Brasil, sep (Tierramérica)—
Los 181 habitantes de un barrio del municipio brasileño de Paulinia,
situado a 120 kilómetros de Sao Paulo, aguardaron con ansiedad
durante más de un mes los resultados de exámenes toxicológicos.
Finalmente, el Centro de Toxicología de la Universidad
Estadual de Sao Paulo informó lo que los vecinos de Paulinia
temían: que cerca de 80 por ciento de ellos presentaban contaminación
crónica por residuos industriales en diverso grado.
Las aguas subterráneas del barrio Recanto de los
Pájaros, formado por 60 casas, fueron contaminadas por una planta
química de la empresa Shell. Los contaminantes orgánicos persistentes
(COP) y metales pesados que invadieron las aguas subterráneas
del barrio son causa de cáncer y de graves daños a los sistemas
nervioso, inmunológico y reproductivo.
La eliminación de los COP es incluso el objetivo
de una convención que 90 países firmaron hace dos meses en Estocolmo.
“Mi suegra murió de cáncer, mi mujer también
desarrolló tumores cancerígenos, así como mis perras, y nadie
podrá asegurarme que la causa no fue la contaminación”, advirtió
Antonio de Padua Mello, que vive hace 23 años en Recanto.
Tras conocer los resultados de los exámenes toxicológicos,
la Secretaría de Salud de Paulina dijo que mudará a los habitantes
de Recanto a otro barrio si la Shell no lo hace, ya que se comprobó
que los COP siguen activos en el lugar.
Pero no sólo eso, estos resultados podrían determinar
el rumbo judicial del caso. El Ministerio Público (Fiscalía)
decidirá si enjuicia a la compañía Shell por daños a la salud
pública y al ambiente.
Por lo pronto, los vecinos afectados están decididos
a reclamar indemnizaciones a la compañía transnacional anglo-holandesa.
“Hay documentos que comprueban que Shell omitió
datos, como las zanjas en que enterró desechos tóxicos, lo que
define un delito”, sostuvo Padua Mello a Tierramérica. Los que
intentan vender su propiedad para marcharse no encuentran comprador.
A partir de 1977, Shell Química produjo en la
fábrica aldrin, dieldrin y endrin, tres de los 12 COP condenados
por la convención de Estocolmo. La venta de esos agrotóxicos
fue prohibido en Brasil en 1985, pero la producción para la
exportación continuó hasta 1990.
La empresa admitió en 1994 la contaminación del
área ocupada por la fábrica, en una auditoría previa a la venta
del sector agroquímico de Shell mundial al grupo estadounidense
Cyanamid. Asumió así la responsabilidad por los problemas ambientales
de la planta, adquirida por la alemana Basf el año pasado.
Pero Shell actuó de manera “por lo menos irresponsable,
si no criminal”, aseguró Karen Suassuna, coordinadora en Brasil
de la campaña de Greenpeace contra sustancias tóxicas.
Además de no adoptar medidas para contener y eliminar
los contaminantes, solo analizó el agua subterránea de la comunidad
vecina a principios de este año. En algunos pozos se registró
una proporción de dieldrin hasta 16 veces superior a la permitida
por la legislación brasileña.
Los habitantes del Recanto señalaban desde hace
muchos años el color, olor y sabor extraños del agua y se quejaban
de problemas de memoria, cansancio, dolor de cabeza, alergias
e insomnio. En los últimos 10 años hubo cinco casos de cáncer,
con el resultado de cuatro muertes.
Pero representantes de Shell sostienen que la
“pequeña” cantidad detectada de residuos no amenaza la salud
humana y que exámenes pedidos por la empresa no identificaron
a personas contaminadas por dieldrin ni endrin.
El secretario de Salud de Paulinia, José Nino
Meloni, dijo que pedirá la evaluación de otras posibles víctimas,
como los ex empleados de la empresa, hasta un total de dos mil
casos.
Paulinia es un ejemplo de los muchos desastres
de la industria química.
Shell construyó su fábrica a sólo 150 metros del
río Atibaia, que abastece a varias ciudades vecinas. En sus
países de origen, las empresas multinacionales están por lo
menos sujetas a reglas y sanciones más severas, observó Suassuna.
Relatos de dolor en conferencia
contra racismo
Por Cheryl Goodenough
Durban, Sudáfrica, 3 sep (IPS)— Personas
de todo el mundo relataron sus dolorosas experiencias de persecución
o discriminación ante la Conferencia Mundial contra el Racismo
que se celebra hasta este viernes en el oriental puerto sudafricano
de Durban.
Nusreta Sivac, ex jueza de Bosnia-Herzegovina,
estuvo cautiva durante dos meses en un campamento de detenidos
en el norte del país, donde fue torturada y violada.
Sivac remomoró su peripecia para la audiencia
reunida en la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación
Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia.
Tropas serbias tomaron en abril de 1992 el pueblo
donde vivía Sivac, en la zona noroccidental de Bosnia-Herzegovina.
Poco antes un plebiscito popular había aprobado la separación
de Bosnia- Herzegovina de la federación yugoslava que conformaba
junto a Croacia, Eslovenia, Montenegro, Macedonia y Serbia.
Al llegar a su trabajo después de la ocupación,
la jueza fue informada que su nombre figuraba en una lista de
personas despedidas. El 9 de junio fue detenida sin explicaciones
y trasladada al campo de concentración de Omarska.
Allí permaneció durante dos meses “junto a miles
y miles de hombres y apenas 36 mujeres”, relató.
En el campamento las mujeres debían limpiar los
dormitorios y servir la única comida diaria que recibían los
prisioneros. “Si no comíamos en dos minutos una ración de un
trozo de pan y un puñado de legumbres éramos golpeadas incluso
hasta morir”, sostuvo Sivac.
Al anochecer, antes de tenderse en el piso de
los cuartos donde dormían, debían limpiar la sangre “pues durante
el día los dormitorios se utilizaban como lugares de interrogatorio
y tortura”, afirmó.
“Vi cosas terribles, la tortura y el asesinato
de personas. Algunos morían de hambre, otros por las condiciones
de detención. Comenzaba mi jornada contando el número de muertos”,
aseguró Sivac.
Por la noche los guardias violaban sistemáticamente
a las mujeres. “Nunca podré olvidar eso. Creí que me salvaría
pues había mujeres más jóvenes, pero no fue así”, dijo con lágrimas
en los ojos.
Transcurridos dos meses, las prisioneras fueron
trasladadas a otro campamento. Sivac supo más tarde que sus
captores esperaban la visita de una delegación de la institución
humanitaria Cruz Roja Internacional y de periodistas extranjeros
a Omarska, centro de detención que según los serbios era para
hombres.
Sivac fue liberada cinco días después y se marchó
a Croacia en octubre de 1992, donde permaneció cuatro años como
refugiada. En 1996 volvió a vivir muy cerca de su antiguo hogar,
en Bosnia.
“Aún es prematuro hablar sobre el número de muertes.
Todavía siguen apareciendo tumbas colectivas. En una de ellas
hallé a dos de mis amigos y todavía busco a otros tres”, sostuvo.
La sudafricana Lorraine Nesane, de 15 años, concurrió
en agosto de 2000 a un comercio de prendas de vestir en la ciudad
de Louis Trichardt, en la Provincia del Norte, Sudáfrica.
Pero la compra se vio frustrada. Una encargada
blanca de la tienda la acusó de intentar hurtar una prenda y
ordenó a un empleado negro que la cubriera de pintura blanca
de la cabeza a la cintura.
El hombre “me dijo que me quitara la blusa. Yo
ne negué, entonces él me la quitó y me pintó”, afirmó Nesane.
Cuando le dijeron que se marchara pidió su dinero y la ropa
que llevaba puesta. “La mujer me dijo que me veía hermosa y
que me fuera”, recordó.
El caso fue llevado a la justicia, la cual halló
culpable al dependiente y le impuso una multa de 177 dólares.
La gerenta resultó absuelta.
Nesane dijo ante la conferencia que no tiene esperanzas
de que la convivencia entre blancos y negros sea posible en
Sudáfrica, pese a la abolición del régimen racista del apartheid
en 1994, “porque la gente blanca se considera superior y desprecia
a la negra”, aseveró.
Con sólo diez años la afrobrasileña Crueza María
de Oliveira fue empleada doméstica y niñera de un pequeño de
dos años, para una familia blanca que le prometió enviarla a
la escuela, aunque jamás recibió educación.
“Me golpeaban y me insultaban”, recordó De Oliveira,
en la actualidad una activista por los derechos de las trabajadoras
domésticas.
Su empleadora se burlaba de ella, la alimentaba
con los restos de comida de los niños de la casa y no le permitía
comer en los mismos platos que usaba la familia. Cuando la mujer
no estaba, su marido exhibía sus genitales ante De Oliveira
y la acosaba sexualmente.
Según De Oliveira, las trabajadoras domésticas
de Brasil no reciben actualmente un trato mucho mejor que el
que le tocó sufrir. “Aún no se las respeta, se abusa de ellas
y se las explota”, sostuvo.
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