No. 138, Sept. 6-12, 2001

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Podrian enjuiciar a Shell

Por Mario Osava

Rio De Janeiro, Brasil, sep (Tierramérica)— Los 181 habitantes de un barrio del municipio brasileño de Paulinia, situado a 120 kilómetros de Sao Paulo, aguardaron con ansiedad durante más de un mes los resultados de exámenes toxicológicos.

Finalmente, el Centro de Toxicología de la Universidad Estadual de Sao Paulo informó lo que los vecinos de Paulinia temían: que cerca de 80 por ciento de ellos presentaban contaminación crónica por residuos industriales en diverso grado.

Las aguas subterráneas del barrio Recanto de los Pájaros, formado por 60 casas, fueron contaminadas por una planta química de la empresa Shell. Los contaminantes orgánicos persistentes (COP) y metales pesados que invadieron las aguas subterráneas del barrio son causa de cáncer y de graves daños a los sistemas nervioso, inmunológico y reproductivo.

La eliminación de los COP es incluso el objetivo de una convención que 90 países firmaron hace dos meses en Estocolmo.

“Mi suegra murió de cáncer, mi mujer también desarrolló tumores cancerígenos, así como mis perras, y nadie podrá asegurarme que la causa no fue la contaminación”, advirtió Antonio de Padua Mello, que vive hace 23 años en Recanto.

Tras conocer los resultados de los exámenes toxicológicos, la Secretaría de Salud de Paulina dijo que mudará a los habitantes de Recanto a otro barrio si la Shell no lo hace, ya que se comprobó que los COP siguen activos en el lugar.

Pero no sólo eso, estos resultados podrían determinar el rumbo judicial del caso. El Ministerio Público (Fiscalía) decidirá si enjuicia a la compañía Shell por daños a la salud pública y al ambiente.

Por lo pronto, los vecinos afectados están decididos a reclamar indemnizaciones a la compañía transnacional anglo-holandesa.

“Hay documentos que comprueban que Shell omitió datos, como las zanjas en que enterró desechos tóxicos, lo que define un delito”, sostuvo Padua Mello a Tierramérica. Los que intentan vender su propiedad para marcharse no encuentran comprador.

A partir de 1977, Shell Química produjo en la fábrica aldrin, dieldrin y endrin, tres de los 12 COP condenados por la convención de Estocolmo. La venta de esos agrotóxicos fue prohibido en Brasil en 1985, pero la producción para la exportación continuó hasta 1990.

La empresa admitió en 1994 la contaminación del área ocupada por la fábrica, en una auditoría previa a la venta del sector agroquímico de Shell mundial al grupo estadounidense Cyanamid. Asumió así la responsabilidad por los problemas ambientales de la planta, adquirida por la alemana Basf el año pasado.

Pero Shell actuó de manera “por lo menos irresponsable, si no criminal”, aseguró Karen Suassuna, coordinadora en Brasil de la campaña de Greenpeace contra sustancias tóxicas.

Además de no adoptar medidas para contener y eliminar los contaminantes, solo analizó el agua subterránea de la comunidad vecina a principios de este año. En algunos pozos se registró una proporción de dieldrin hasta 16 veces superior a la permitida por la legislación brasileña.

Los habitantes del Recanto señalaban desde hace muchos años el color, olor y sabor extraños del agua y se quejaban de problemas de memoria, cansancio, dolor de cabeza, alergias e insomnio. En los últimos 10 años hubo cinco casos de cáncer, con el resultado de cuatro muertes.

Pero representantes de Shell sostienen que la “pequeña” cantidad detectada de residuos no amenaza la salud humana y que exámenes pedidos por la empresa no identificaron a personas contaminadas por dieldrin ni endrin.

El secretario de Salud de Paulinia, José Nino Meloni, dijo que pedirá la evaluación de otras posibles víctimas, como los ex empleados de la empresa, hasta un total de dos mil casos.

Paulinia es un ejemplo de los muchos desastres de la industria química.

Shell construyó su fábrica a sólo 150 metros del río Atibaia, que abastece a varias ciudades vecinas. En sus países de origen, las empresas multinacionales están por lo menos sujetas a reglas y sanciones más severas, observó Suassuna.

Relatos de dolor en conferencia contra racismo

Por Cheryl Goodenough

Durban, Sudáfrica, 3 sep (IPS)— Personas de todo el mundo relataron sus dolorosas experiencias de persecución o discriminación ante la Conferencia Mundial contra el Racismo que se celebra hasta este viernes en el oriental puerto sudafricano de Durban.

Nusreta Sivac, ex jueza de Bosnia-Herzegovina, estuvo cautiva durante dos meses en un campamento de detenidos en el norte del país, donde fue torturada y violada.

Sivac remomoró su peripecia para la audiencia reunida en la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia.

Tropas serbias tomaron en abril de 1992 el pueblo donde vivía Sivac, en la zona noroccidental de Bosnia-Herzegovina. Poco antes un plebiscito popular había aprobado la separación de Bosnia- Herzegovina de la federación yugoslava que conformaba junto a Croacia, Eslovenia, Montenegro, Macedonia y Serbia.

Al llegar a su trabajo después de la ocupación, la jueza fue informada que su nombre figuraba en una lista de personas despedidas. El 9 de junio fue detenida sin explicaciones y trasladada al campo de concentración de Omarska.

Allí permaneció durante dos meses “junto a miles y miles de hombres y apenas 36 mujeres”, relató.

En el campamento las mujeres debían limpiar los dormitorios y servir la única comida diaria que recibían los prisioneros. “Si no comíamos en dos minutos una ración de un trozo de pan y un puñado de legumbres éramos golpeadas incluso hasta morir”, sostuvo Sivac.

Al anochecer, antes de tenderse en el piso de los cuartos donde dormían, debían limpiar la sangre “pues durante el día los dormitorios se utilizaban como lugares de interrogatorio y tortura”, afirmó.

“Vi cosas terribles, la tortura y el asesinato de personas. Algunos morían de hambre, otros por las condiciones de detención. Comenzaba mi jornada contando el número de muertos”, aseguró Sivac.

Por la noche los guardias violaban sistemáticamente a las mujeres. “Nunca podré olvidar eso. Creí que me salvaría pues había mujeres más jóvenes, pero no fue así”, dijo con lágrimas en los ojos.

Transcurridos dos meses, las prisioneras fueron trasladadas a otro campamento. Sivac supo más tarde que sus captores esperaban la visita de una delegación de la institución humanitaria Cruz Roja Internacional y de periodistas extranjeros a Omarska, centro de detención que según los serbios era para hombres.

Sivac fue liberada cinco días después y se marchó a Croacia en octubre de 1992, donde permaneció cuatro años como refugiada. En 1996 volvió a vivir muy cerca de su antiguo hogar, en Bosnia.

“Aún es prematuro hablar sobre el número de muertes. Todavía siguen apareciendo tumbas colectivas. En una de ellas hallé a dos de mis amigos y todavía busco a otros tres”, sostuvo.

La sudafricana Lorraine Nesane, de 15 años, concurrió en agosto de 2000 a un comercio de prendas de vestir en la ciudad de Louis Trichardt, en la Provincia del Norte, Sudáfrica.

Pero la compra se vio frustrada. Una encargada blanca de la tienda la acusó de intentar hurtar una prenda y ordenó a un empleado negro que la cubriera de pintura blanca de la cabeza a la cintura.

El hombre “me dijo que me quitara la blusa. Yo ne negué, entonces él me la quitó y me pintó”, afirmó Nesane. Cuando le dijeron que se marchara pidió su dinero y la ropa que llevaba puesta. “La mujer me dijo que me veía hermosa y que me fuera”, recordó.

El caso fue llevado a la justicia, la cual halló culpable al dependiente y le impuso una multa de 177 dólares. La gerenta resultó absuelta.

Nesane dijo ante la conferencia que no tiene esperanzas de que la convivencia entre blancos y negros sea posible en Sudáfrica, pese a la abolición del régimen racista del apartheid en 1994, “porque la gente blanca se considera superior y desprecia a la negra”, aseveró.

Con sólo diez años la afrobrasileña Crueza María de Oliveira fue empleada doméstica y niñera de un pequeño de dos años, para una familia blanca que le prometió enviarla a la escuela, aunque jamás recibió educación.

“Me golpeaban y me insultaban”, recordó De Oliveira, en la actualidad una activista por los derechos de las trabajadoras domésticas.

Su empleadora se burlaba de ella, la alimentaba con los restos de comida de los niños de la casa y no le permitía comer en los mismos platos que usaba la familia. Cuando la mujer no estaba, su marido exhibía sus genitales ante De Oliveira y la acosaba sexualmente.

Según De Oliveira, las trabajadoras domésticas de Brasil no reciben actualmente un trato mucho mejor que el que le tocó sufrir. “Aún no se las respeta, se abusa de ellas y se las explota”, sostuvo.

 

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